El exterminio del patrimonio arquitectónico

Aldea 21

Llegué a Culiacán en el año de 1982 para continuar mis estudios de secundaria en la escuela federal Moisés Sáenz ubicada en la colonia Gabriel Leyva de esta ciudad, desde entonces he sido testigo del desarrollo de la capital del estado y de cómo ha ido cambiando con un descontrolado crecimiento urbano en los últimas dos décadas. En ese dinamismo no sólo se ha sacrificado la antigua y apacible vida que todavía en la décadas de los 80 se disfrutaba, sino que con ello se ha demolido y mantenido en el abandono a gran parte de su patrimonio arquitectónico.

A los largo de los casi cuarenta años vividos en esta ciudad, he podido presenciar cómo de manera paulatina se han destruido o caído por sí solos, emblemáticos edificios que albergaron la vida privada y pública de un momento histórico de la ciudad y que ahora sólo existen en imágenes y en el recuerdo de familias. Pareciera que a nadie le importara la pérdida de estos edificios y la memoria que resguardan de la ciudad en la que se vive, mucho menos los recuerdos de nuestros padres, abuelos y las antiguas generaciones que dejaron su huella y dieron forma al Culiacán que tenemos hoy en día.

Reflexiones que plantean la necesidad de preguntarse acerca de la importancia del patrimonio arquitectónico, sus dificultades y potencialidades, para dar respuesta a la anquilosada pregunta que pone en duda si los habitantes de la ciudad aprecian su patrimonio histórico y si consideran que vale la pena mantener la antigua arquitectura o tienen consciencia de por qué es importante.

Se entiende por patrimonio histórico arquitectónico, según algunas definiciones de las más comunes: el conjunto de bienes edificados, de cualquier naturaleza, a los que cada sociedad atribuye o reconoce un valor cultural. Se piensa por ello que se refieren no sólo a edificios dotados de cierta hermosura o estética, sino a aquellas construcciones que tienen un valor documental, histórico y cultural que nos aportan, más allá de la experiencia del goce estético y dato histórico, información de diversa índole que contribuye a la conformación de una identidad propia de la ciudad y de quienes la habitan.

Es el reconocimiento al valor de la conciencia histórica, de aquello que configura nuestra identidad, de lo que somos ahora, es una manera de dar continuidad a una historia sin que se suspenda o se reinvente, desapareciendo o abandonando la memoria que da un sentido histórico, antropológico y cultural de quienes somos, de lo que hemos sido. Es una forma de existencia que cobra vida en sus edificios, monumentos y núcleos urbanos, reflejo de historias y tradiciones de un pasado que se manifiesta en la vida cotidiana y en los modos de habitar nuestra ciudad.

Valorar el patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad, es dar valor también a nuestra identidad y memoria como pueblo, por lo que merece y reclama, sin duda alguna, dignidad y reconocimiento.

Sin embargo este razonamiento no ha estado presente, paradójicamente en la historia de las autoridades y habitantes de Culiacán y otras ciudades de Sinaloa. Es triste y lamentable pero hay que admitirlo, al paso del tiempo he sido testigo de cómo ese pasado se ha ido esfumando y cómo esta pérdida no ha generado ningún escozor en el grueso de la población, más allá de algunos reclamos, enojos y tristezas aisladas y personales, que hasta el momento han resultado insuficientes para detener el exterminio constante de nuestro patrimonio arquitectónico.

Tan sólo en Culiacán se registra una gran cantidad de edificios considerados como patrimonio arquitectónico que han sido destruidos a lo largo de la historia reciente, al menos en los últimos 100 años. Se pueden mencionar muchos ejemplos, de los más conocidos está el teatro Apolo, los antiguos portales del centro de la ciudad, la antigua cárcel municipal donde hoy se encuentra el ISIC, más recientemente la antigua central camionera, residencias por el viejo Malecón y una gran cantidades de antiguos y emblemáticos edificios en dónde ahora se albergan nuevas construcciones sin ninguna aportación arquitectónica (meros locales comerciales) y en el peor de los casos, estacionamientos.

Es imperativo lograr la creación de una  normativa que ofrezca una serie de medidas para proteger, conservar y consolidar el patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad; que las diversas instancias que tienen injerencia en este asunto tengan la capacidad y el compromiso de trabajar en conjunto para asegurar las condiciones legales que garanticen su integridad actual y futura.

Sin duda, será la ciudadanía, en su calidad de vigilante del ejercicio público quien, mediante su rechazo a la práctica de escudarse en el vacío legal y de responsabilidades para la destrucción de su patrimonio, pueden reclamar a las autoridades el ejercicio de una política puntual y firme que frene la destrucción del paisaje cultural que la arquitectura como expresión de los modos de vida de una sociedad, configuró en su momento una bella ciudad colonial que se embelleció aún más con la llegada de grandes arquitectos que en un diálogo con el pasado supieron integrar propuestas arquitectónicas de gran belleza a partir de los años 40. De lo contrario, ¿cómo puede proyectarse el futuro de una sociedad sin mantener la apreciación, el diálogo y continuidad con su pasado?

Hasta aquí mi opinión, los espero en este espacio el próximo martes.

vraldapa@gmail.com

@vraldapa

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