La fictio: entre la realidad social y los mundos de la imaginación literaria. Una invitación a “Cristo de nuevo crucificado”.

Luis S. Morales Zepeda

En uno de los ensayos de “Realidad mental y mundos posibles”, el psicólogo norteamericano Jerome Bruner se refiere a la sicología de la creación verbal como uno de los fenómenos más complejos que puede abordar la psicología, debido a que, dentro de sus enfoques debería ser capaz de responder a la difícil pregunta, que planteara Karl Marx, ¿por qué nos siguen atrayendo las historias de la Ilíada y la Odisea?, ¿por qué, cerca de 2,800 años después de ser escritos, nos siguen comunicando su fuerza los poemas homéricos? Efectivamente: ¿por qué nos seducen esas historias y nos sumergen en un mundo de aparente completitud de sentido, mediante los tropos y los caminos imaginarios que se tejen con el lenguaje?

Personalmente, no deja de sorprenderme cómo al iniciar una historia los elementos representados que dan forma a un escenario y hacen discurrir la acción en mi mente, parecen montarse y vitalizarse desde la nada, pero con una consistencia luminosa que hacen parecer que estuvieran ya “allí” esperando al lector. De tal modo que, cuando haces una pausa, y si por algún motivo suspendes la lectura más tiempo de lo planeado, cuando vuelves a coger el libro, todos los elementos vuelven a encajar en la memoria como si se tratara de partes o “módulos imantados” de un cuerpo articulado. He ahí, de nuevo, el mundo imaginario, con sus colores y sus dimensiones colmadas de vida…

A esta sensación de la representación mental y de la imaginación creativa, aneja a la lectura, le llamo personalmente “fictio” (que en latín no reviste ningún misterioso significado, sino simplemente “imaginando”). La fictio remitiría a una cualidad que podría describir rápidamente como la capacidad de la mente de crear un mundo a partir de la pura imaginación con la ayuda del lenguaje literario. Vale advertir que, por ningún motivo, este poder de la fictio de integrarse una y otra vez en un auténtico mundo completo, hecho de palabras, puede atribuirse sola y exclusivamente al libro, al autor y su novela; es parte de un universo que nace entre la obra y la mente del lector, en un nutrido diálogo de las culturas: la del artista y la del lector mismo.

A mí me parece más interesante y nutritivo analizar y disfrutar el mundo del libro literario desde esta perspectiva, desde este enfoque que pone énfasis en un diálogo creativo y creador, porque se supera la visión nociva del libro como un objeto perteneciente a una supuesta cultura selecta y exclusiva, privándonos de verlo como un nodo de realidades vivas a la vez que consagradas por la historia de la cultura, como un objeto y un proceso. Aquel enfoque, en cambio, parece describir el acto de la lectura como un evento exclusivo para superdotados, que termina por arrancar los libros a la gente común y reservarlos a una élite hidalga, que ve en el objeto del libro y en el acto “aristocrático” de la lectura, la confirmación de su exclusividad de clase, de su elitismo y de su vanidad burguesa. Es un enfoque que le ha causado un enorme daño a la literatura, desde el proceso mismo de su creación, hasta el momento de su encuadernación, de su difusión y de su co-creación en el encuentro con el lector. Porque ha condicionado a la creación, porque ha acomplejado al lector y porque, simplemente arrancar el libro de los potenciales lectores, empobrece la cultura humana.

Si tomamos un libro, lo hojeamos, lo leemos y emprendemos el viaje, hay un proceso de actualización del texto, que es, a la vez, una inauguración rotunda. Por ejemplo, cuando abrimos por primera vez el libro de Nikos Kazantzakis, “Cristo de nuevo crucificado”, y comenzamos a leer y a representarnos la plaza de Likóvrisi, no podemos menospreciar el hecho de que la plaza se abre a nuestra imaginación con un dejo de haber estado ahí, “plácida, delicada”, bañada por una suave llovizna que apenas se ha ido. Sólo así, bajo ese principio de imaginación, podemos hacer un recorrido por los rincones habituales que nos ofrece el autor, sólo así podemos representarnos a los pobladores de Likóvrisi caminando con sus fajas anchas y rojas, con sus fez a la cabeza, con sus turbantes y sus gorros de cordero, sentados, cruzando sus piernas, bajo el sicomoro de frutos rojos que se erige a media plaza; sólo así, rigiendo nuestra imaginación por el principio de una existencia previa, independiente, es que podemos girar y ver el local abierto en un extremo de la plaza, ver a los comensales habituales, a los personajes de pueblo sentados en el viejo local de Kostantís, pidiendo narguiles y otra taza de café humeante en sus vasos de cristal turco, dejándose llevar por la cháchara con los amigos y vecinos. Sólo así, podemos afirmar, junto con el agá, “¡qué buen artesano es Alá!”, y que “Cristo ha resucitado”.

Hay que decirlo claramente, si nuestro mundo no tuviera a su vez esa consistencia, si nosotros no pudiéramos participar de un principio sociológico que implica un reconocimiento genuino de la trascendencia del mundo de las relaciones sociales, un mundo sólido, construido por el devenir histórico, quiero decir, si nosotros mismos no consideráramos nuestra vida como más pequeña y temporal que el mundo social, no podríamos representarnos mundos imaginarios con esa calidad. Por eso afirmo que la fictio, esa cualidad de la mente de representar mundos imaginarios “como si ya estuvieran ahí”, es un puente de comunicación entre el mundo del lector y el mundo del libro, y en todo análisis comedido vale la pena explorar las imágenes, los ángulos de representación, los colores y las dimensiones que nos ofrece a manos llenas nuestra mente en el proceso lector, y vale la pena explorar y sondear los límites de nuestro repertorio imaginativo, que son los límites de ese diálogo.

Quizá en ese reconocimiento implícito de la consistencia histórica del mundo social, el gran poeta griego Nikos Kazantzakis nos pone la tarea fácil, porque nos habla de un mundo viejo, anclado en tradiciones ancestrales, haciendo de cada evento un acto cargado de años y de atavismos.  En su historia, cada siete años los habitantes del pueblo de Likóvrisi, un pequeño pueblo griego que en 1922 se encontraba bajo jurisdicción turca, tienen la obligación cristiana de representar la Pasión y al Resurrección de Cristo en Semana Santa. Por ese motivo, los más viejos y nobles demogerontes se dan cita en la casa de la colina, donde vive el pope Grigoris. Allí, se tendrán que poner de acuerdo sobre quiénes personificarán a Pedro, a Jacobo y a Juan, así como a Magdalena. Se tienen que hacer las propuestas y sopesarlas según el aspecto y los atributos de los habitantes del pueblo, para que un Cristo sea esbelto y no rollizo, y para que sus acciones sean congruentes con la santidad del hijo de Dios y de los apóstoles, porque tendrán que abstraerse de las debilidades de la carne durante un año entero. “Qué fácil es encontrar a los malos… pero qué difícil encontrar a los buenos” (…) Hay que asignar a los más idóneos para cada papel, pronto, porque en poco tiempo llegarán los representantes del pueblo para saber quiénes serán los elegidos.

Con Nikos Kazantzakis las palabras se elevan a imagen y las imágenes se elevan a formas, las formas escalan a símbolos, y allí sus obras se comunican, con otras obras y sus universos, y con la realidad del hombre, que no está hecha de cosas o sucesos, sino de nociones y de sentidos. Así vemos a Nikos Kazantzakis escribir con las manos de Antoine de Saint-Exupéry, con las letras de Juan Ramón Jiménez, con las palabras de Ermilo Abreu Gómez, cuando el viejo Yannakós le habla a su burrito Yusufaki:

“Abrió plácidamente sus grandes ojos aterciopelados el espabilado animal, se volvió y lo vio. Lo reconoció: era Yannakós —así lo llamaban todos—, su compañero de caminos y de faenas, que cada mañana le ponía la carga y lo paseaba por los poblados y lo llevaba de nuevo a su casa, aquí, al pequeño establo, y le ponía agua limpísima para que bebiera, y cebada y paja para que comiera. Lo reconoció, levantó la cola y se puso a rebuznar contento.

“Yannakós se le acercó, le acarició la grupa negra y reluciente, la blanca y afelpada panza y el tibio cuello. Y luego cogió con una mano una de aquellas grandes orejas de embudo, todas oído, tomó con la otra el hocico, lo alzó hacia él y se puso a hablarle.

—Yusifaki… Yusufakito, se acabaron las fiestas, Cristo ya resucitó, lo pasamos bien, no puedes tener queja. Te estuve trayendo doble ración de pienso, te recogí hierba fresca para que se te abriera el apetito, de regalo de Pascua te di un collar de piedras azules y te lo colgué al cuello para protegerte del mal de ojo, te colgué también un ajo como amuleto para sentirme más seguro. Porque eres muy lindo, Yusufakito, y los hombres tienen mal ojo y te podrían haber hecho un maleficio, los muy envidiosos. ¿Y qué sería de mí sin ti? Porque no debe olvidarse que sólo quedamos tú y yo, que sólo te tengo a ti en el mundo…”

Leo así, poco a poco, la novela de Nikos Kazantzakis; ya no me interesa leer para acabar los libros. No veo la finalidad de acabar las historias a toda velocidad. Más bien hago todo lo contrario: leo y releo el texto, sumergiéndome en las páginas, avanzado despacio y penetrando fuertemente en cada imagen. Me parece una forma de lectura más genuina y aún más “sensorial”. Como si la parsimonia permitiera sumergirse más profundamente en la obra. Me gusta más la idea de recorrer una y otra vez la plaza de Likóvrisi, ver cada adoquín bajo mis pies y ver a la distancia a los comensales del café de Kostantís, sintiendo sobre mis hombros la sombra del sicomoro, viendo y oliendo sus frutos rojos. Una lectura así me lleva a recuerdos más íntimos.

Por ejemplo, paseando nuevamente por la plaza de Likóvrisi, cerca de la terraza de la casa del Agá, me remonto a las tardes eternas, mientras esperábamos a mi padre, todos mis hermanos, saliendo de la escuela primaria, a la sombra de un olivo… es una experiencia primaria que me ayudó a crear ese ambiente cargado de luz que parece cubrir el espacio imaginario en el que discurre la obra… todos mis hermanos nos sentábamos alrededor de aquella macetera grande, blanca y circular, y mi padre no llegaba, pero presentíamos que ya casi, en un momento más, llegaría; y nos animábamos un poco viendo algún nido entre los brazos y el follaje espeso del olivo, y después nos amodorrábamos sentados en la macetera que contenía apenas, venciéndose y resquebrajándose, las raíces del árbol añoso. Con el enorme edificio espacioso trayendo los ecos de un patio de recreo completamente solo, mientras la tarde avanzaba y hacía ya un poco de hambre, nos consolábamos pensando que ya no debía tardar. El sol comenzaba a inclinarse un poco y podías seguir las sombras de las rejas bajas que bordeaban la escuela, y entonces escuchábamos el auto de mi padre que se estacionaba a un costado y corríamos por nuestras mochilas y saltábamos uno a uno por encima de la pequeña reja; entonces, te asaltaba una cierta alegría dividida por una ambigua nostalgia por dejar aquel rincón, ahora sí, completamente solo. Y llevando este recuerdo conmigo, con ese sentimiento tan parecido a la alegría de vivir y a la nostalgia por todo lo perdido, vuelvo a la plaza de Likóvrisi, una y otra vez, viendo el sol quebrándose entre el follaje, esperando a que mi padre llegue por fin, mientras los comensales habituales piden otra taza de té o un vaso de raki. Es una lectura caótica, pero más sensual; discontinua, pero más vibrante, más mía.

Aquí tenemos un ejemplo de cómo se comunican los mundos del arte literario y los mundos de la imaginación y del recuerdo. Tendríamos que dedicar un estudio amplio, para hacer un inventario de las herramientas que participan, que tensan y levantan esos puentes de comunicación en la mente del lector. Pero, sería un buen comienzo tener clara nuestra base de principios: sin duda que esas dimensiones comparten mucho de sus respectivas esencias y su naturaleza. Porque, eso que llamamos realidad, resulta ser una mezcla hecha de símbolos, de significados vibrantes, siempre animados por el lenguaje y las relaciones humanas vivas, y la capacidad del ser humano de contarse historias y alimentar la fantasía termina por darle su unidad. Es claro que los seres humanos habitamos varios mundos a la vez, y también es claro que los artistas son ingenieros calificados en la creación de elementos fundamentales para dar consistencia a la realidad; también es verdad que es el tejido de las relaciones humanas vivas lo que le da su impulso a los dinamos de la creación, sobre todo ese principio de realidad que nos permite vincular de modo consistente nuestra mente con los universos de la creación verbal, mediante nuestros recuerdos compartidos y nuestras experiencias primarias. En fin, valga esta divagación para recordar al gran maestro Nikos Kazantzakis e invitarlos a la lectura de este maravilloso libro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s